Se jodió mi tele. Y me avergüenza admitir ya le encontré el truco: en vez del clásico madrazo para que encienda y que normalmente nunca falla, hay que aplastarla de arriba, como si fuera una maleta llena de ropa a la que le quieres meter unos cuantos pantalones más.
Digo que me avergüenza porque me recuerda a un sujeto de narices color café en uno de mis anteriores empleos.
Este sujeto era un cercano consejero del dueño de la empresa, quien acababa de comprar un auto de segunda mano para usos diversos al que no le funcionaba la palanca de velocidades. Pocos se animaban a usar el carro por razones obvias. Y el dueño, bastante tacaño, no quería invertir los 2 o 3 mil pesos que costaba el cambio de la caja de velocidades.
Un día ví al sujeto café llegar con el dueño para decirle, orgulloso: “ya le encontré el truco”. Había encontrado una artimaña de microbusero para lograr que entraran las velocidades, en vez de persuadir al dueño de arreglarlo y no poner en peligro a los empleados.
Así que, más vale llevar mi tele a reparar.


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