Pocas cosas hay tan desagradables y desesperantes que oir un mal cantante. Pero oir un mal cantante en el Sanborns es una de las cúspides del daño a los oídos. No entiendo que si se dedican a eso no aprenden los cinco acordes adicionales que necesitan para tocar bien la trilladísima Cantares o la Señora de las cuatro décadas. Lo más extraño del caso es que hasta fans tienen, según me indican las cajeras del Sanborns.
También he padecido a un flaco en el Potzolcalli que si bien conoce más acordes me aturde con su voz aguda en reuniones que pretendo que sean de negocios y me termino yendo porque en el Potzolcalli ni siquiera tienen WiFi.
Pero lo que sí padezco son los mariachis, estudiantinas y partidos de futbol en la cantina de los Remedios.
Pero para qué escribo esto. Lo que hago ahora es no ir al Sanborns ni a la Cantina de los Remedios. Al Potzolcalli me amuelo, porque ahí sí me gusta la comida.
(Pocos artículos tan trascendentes como este)


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