| Suscribir al feed RSS

¿Dónde intriga ahora el conde Lamec? Primera Parte

08.12.2009 | 0 Comentarios | Archivado en Ficción

Los burócratas le ofrecieron a Polo una copa de tequila a las 11 de la mañana. El güero, con las manos grasosas del pollo rostizado que habían desayunado, le sirvió el tequila en una taza para café. Las obscenidades continuaron en la oficina de al lado. Se habló de todo, menos del proyecto al que lo habían invitado.

Polo sintió un gran desprecio por el burócrata principal, un joven moreno y regordete, a quien en realidad no le interesaba resolver el gran problema tecnológico que tenían. De antemano sabía que su objetivo principal era que le obsequiaran un Honda último modelo.

El güero continuó con sus pésimos chistoretes y el desinteresado director le entregó a Polo un paquete de hojas. Contenían el estudio de lo que requería la Secretaría de Protección al Consumidor. Un proyecto de dos millones de dólares. Al burócrata desde luego, no le interesaba en lo más mínimo si Polo era capaz de resolver el problema. Lo único que le interesaba era darle este proyecto a alguien que le diera a cambio un Honda último modelo.

Polo salió decepcionado del edificio. “Otras cuatro horas perdidas”, pensó.

Estaba harto de acompañar a vendedores que perseguían proyectos imposibles con clientes corruptos o ineptos. En su carrera como asistente técnico no había logrado satisfacer sus planes. Decidió que era tiempo de buscar empleo en una empresa donde no tuviera que tratar con este tipo de gente, así que se acercó a sus jefes, de origen coreano, importadores de equipo de alta tecnología.

–O no, tú tenel contlato con nosotuos. Tú espera a puóximo anio –Le dijo Kevin, su jefe directo. Le acarició el brazo derecho de esa forma que tanto le incomodaba y le dijo

–Tú ventar mucho y ganar mucho dinelo.

Polo estaba harto de tener que dar las mismas explicaciones a los mismos clientes, todos los días. Los vendedores no tenían muhco interés en aprender cosas técnicas sencillas y continuaban metiéndolo en problemas. Lo peor había llegado cuando por fin le habían autorizado a contratar un asistente, llamado Tizoc, que era enjundioso y trabajador, pero que prometía cosas imposibles a los clientes.

Tizoc salivaba al oír hablar de refacciones y su pasión era la enseñanza. Era un joven millonario de origen humilde que trabajaba como técnico de segunda en un esfuerzo por ascender en la escala social.

Poco después entró Lamec, un personaje de aspecto siniestro: parecía vampiro, pero su cara era rechoncha y su nariz brillaba con un intenso color café, en contraste con el blanco de su rostro.

Lamec nunca debió de haber entrado a trabajar en esa empresa. Polo era encargado de la contratación de este nuevo elemento y revisó los curriculums, que en aquél entonces llegaban por fax o se entregaban directamente en la recepción de la empresa. El curriculum de Lamec era el peor que Polo había visto en su vida. Parecía escrito con desgano, sin ningún estilo, solo con mayúsculas, descuidado, sin acentos y no ofrecía nada que fuera de utilidad para la empresa. Se regodeaba en haber escrito un programa de cómputo que estaba ya descontinuado y que no tenía ninguna utilidad.

Polo sintió deseos de despedazar ese pedazo de descuido, desinterés, falta de estética, pero no quiso romperlo delante de la recepcionista, así que lo puso como al descuido debajo de unas hojas que iban al desecho. Por alguna coincidencia indeseable, ese curriculum no fue a la basura y dos semanas después Lamec entró a trabajar.

Bookmark and Share

Aquí huele a hocico

03.03.2005 | 2 Comentarios | Archivado en Ficción

“Aquí huele a hocico”. Oír aquella frase lo despabiló en el metro repleto de las 7 de la tarde. Pancho se había puesto una buena friega en el día y le dolían los hombros y la espalda. Eran dolores de rutina en su trabajo como maistro yesero y el mejor remedio que conocía era abrigarse en exceso, sin importarle el calor que se sentía en los vagones atestados de la Línea 1, y tratar de dormir con los brazos cruzados.

“Aquí huele a hocico”, volvió a decir como si nada la mujer que estaba sentada detrás. Pancho sintió un impulso urgente de voltear a ver a la mujer. Pero sobre todo, quería saber qué era aquello que olía a hocico.

Su mente comenzó a llenarse rápidamente con recuerdos nítidos. Primero, se acordó del hocico del perro amarillento y sonriente que tenía cuando era niño, que olía a tortilla con huesos de res cocidos. Después llegó a su memoria el aliento salitroso y los maullidos imperceptibles del gato negro y desdentado que tenía su abuela. Recordó el mal aliento crónico del maistro Samuel, su primer patrón, y la halitosis voluntaria de uno de sus maestros de primaria, que comía dientes de ajo como remedio contra el frío y para prevenir varias enfermedades.

Cayó en la cuenta de que una simple frase había logrado traerle una carretada de imágenes olvidadas. De una imagen traída por el recuerdo saltaba a otra, y esta le traía nuevas memorias que lo hicieron sentir vivo por primera vez en mucho tiempo. Y todo en unos cuantos segundos.

Hasta ese día, la vida dura y rutinaria de albañil había hecho que Pancho dejara de usar su imaginación. Era taimado, apático y poco expresivo. Trabajaba como burro, de lunes a sábado, y lo que ganaba le alcanzaba apenas para darle de comer a sus hijos y a su mujer, y para comprar cada siete días medio galón de aguardiente del Tigre. Entre semana llegaba tan cansado que se dormía inmediatamente después de cenar, los sábados por la tarde se emborrachaba hasta que no le respondían los esfínteres, y los domingos casi no existían, con esas crudas que lo postraban como inválido en su chiquero de casa.

Por eso seguía sorprendido de que las imágenes olvidadas seguían llegándole sin detenerse. Se maravilló al darse cuenta cómo los olores de unos cuantos hocicos podían haberle traído tantos recuerdos, tantas memorias perdidas, tantos goces olvidados y tantos anhelos ninguneados.

No habían pasado ni treinta segundos desde que había oído decir por primera vez a la mujer “aquí huele a hocico” y los recuerdos seguían arremolinándose en su mente hasta hace poco abandonada y en ruinas. El metro se detuvo con un frenón brusco por el exceso de tráfico en la línea y se apagó la luz por unos segundos. La gente se inquietó, pero el tren continuó con su recorrido enseguida. La mujer del olfato certero se bajó en la siguiente estación sin que Pancho lo notara.

Pancho se fue quedando dormido. Para cuando el tren había avanzado una estación más, los recuerdos, las memorias, los goces y los anhelos desaparecieron, como cubiertos de repente por una gruesa capa de tierra asentada y endurecida de inmediato. Pancho se olvidó de todo y se levantó de su asiento pues debía de bajarse en la siguiente estación.

Bookmark and Share